Desde el pasado 2 de junio, España es otra

Hasta el 2 de junio de 2018, día del feliz advenimiento del presidente Sánchez, España se encontraba en situación de emergencia nacional, según informaba un clamor televisivo. Cierto barbado Atila, hoy exiliado en Santa Pola, había sumido al país en la corrupción, la incompetencia y la desesperanza absolutas. Aquel mandatario malandrín se ocultaba «tras el plasma». El Parlamento estaba «paralizado», «sin pulso legislativo», incapaz de aprobar una sola ley. La sanidad y la educación pública llevaban largo tiempo «desmanteladas por el PP». La situación en Cataluña se encontraba «bloqueada», pues el caprichoso Mariano se emperraba en no dialogar con los buenos de los sediciosos. España crecía por tercer año consecutivo por encima del 3% y las cifras de paro se recortaban aceleradamente, pero ahí no debía verse nada bueno: «Todo es empleo basura». La «ley mordaza», o de «la patada en la puerta», nos mantenía acongojados -o vocablo similar-, y aquella España de Rajoy era más represiva que la China de Xi Jiping. Por último, habíamos perdido nuestro lugar en Europa y los telediarios de TVE eran tan increíblemente tendenciosos que provocaban reflejos a lo perro de Pavlov: no podías verlos y no salir corriendo a votar al PP.

Por fortuna todo ha cambiado. «Hasta parece que se respira mejor», le escuché exclamar a un tertuliano-botafumeiro en los primeros días del «Gobierno bonito». Los problemas se han evaporado. El presidente Sánchez solo ha aceptado una jabonosa entrevista en TVE, sin una sola repregunta, pero aquí nadie dice nada. La sanidad y la educación siguen donde siempre, pero ya no hay quejas. De economía ni se habla y de repente nadie recuerda la corrupción. Las iniciativas legislativas de Sánchez suman cero, pero sus exegetas destacan que el Parlamento florece tonificado. El diálogo con los golpistas va viento en popa: la pinza PSOE-Podemos ha empezado a debilitar el Estado y los separatistas se lo agradecen anunciando que intentarán otro golpe. En la UE seguimos exactamente donde estábamos, ni más ni menos, y TVE está a punto de ser tomada por decreto para convertirla en un megáfono del único pensamiento admisible, el presunto progresismo.

Pero no seamos cínicos. Hagamos un análisis ecuánime. Tras ganar las elecciones (¿o es que en democracia no gobierna quien ha vencido en las urnas?), el presidente Sánchez está tomando medidas muy demandadas por los españoles: estudia gestos con los asesinos de ETA y los golpistas separatistas; anuncia una drástica ley de eutanasia contra la mayoría católica del país; y parece dispuesto a desmontar lo que queda del Estado en el País Vasco, porque toca pagarle el favor al PNV. Pero hay algo más relevante, una decisión solo al alcance de un gran estadista: Sánchez va a desenterrar a Franco, medida urgentísima que disparará el PIB y facilitará que las familias lleguen sin agobios a fin de mes.

Expulsado Mariano a su Santa Elena de Santa Pola, por fin se abordan las cuestiones importantes: Sánchez va en el avión con gafas de sol, trota en vídeo y anoche La Moncloa subió a su Twitter oficial una loa gráfica a las manos firmes del providencial mandatario. El primer Presidente Instagram de nuestra democracia. Ahí es nada.

Publicado originalmente en: ABC.es
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