Habrá que empezar desde cero otra vez. Habrá que explicar de nuevo todo Hobbes y todo Locke a esas nuevas promociones de españoles para los que el contrato social florece en su ombligo, se firma con tinta invisible y, una vez rubricado, se obedece (o no) en función de las apetencias, los sentimientos y las neuropatías políticas, sociales y sexuales del abajofirmante. ¿Estado de derecho y Constitución? Fruslerías. ¡El pueblo está reinventando la democracia! ¡Dejen trabajar al fascio!

Y así andamos. Tecnológicamente, en 2018. Moralmente, en 1850 y colgados de las faldas de la reina Victoria, líder espiritual del millennialismo. Políticamente, en el 400 antes de Cristo. Unos pocos años antes de que Platón negara por primera vez la existencia de esa justicia “natural” que ahora nos venden como el futuro de la democracia popular. Es decir del totalitarismo.

¿La presunción de inocencia? Dependiendo del sexo, el color de la piel y las rentas del presunto inocente. ¿El monopolio de la fuerza? En función de si la hostia a rodabrazo me la llevo yo o te la llevas tú. ¿Las normas morales? Al albur del pie con el que me levante. ¿Las legales? El lenguaje es flexible: retorzámoslo. ¿La autoridad? Justo ahí, en mis santas gónadas. ¿Las sentencias del Tribunal Constitucional? Tan imperativas no serán cuando en Cataluña llevan cuarenta años desobedeciéndolas.

El muerto al hoyo y el vivo al bollo. Que se note que he nacido y si no por mi talento, que sea por mi capacidad para tronchar todo lo tronchable hasta que no quede un sólo gramo de civilización en pie. La Shangri-La de los gañanes.Te traes a un romano del siglo 1 a.C. al Congreso de los Diputados y el pobre se cree que lo han secuestrado los teutones. Así de abisal es el nivel del debate político. Salvedad hecha de los de siempre.

La última que se han inventado los teutones del 2018 es la del golpe “posmoderno”. No, en serio: “posmoderno”, lo llaman.

Ahora nos quieren convencer de que el golpe de Estado ejecutado por los líderes políticos nacionalistas en septiembre y octubre del año pasado no es eso que Curzio Malaparte definía ya en 1931 como un golpe de Estado de funcionarios. Es decir, aquel que no necesita de un ejército sino sólo de un grupo de conspiradores que tomen el mando de los centros neurálgicos del país, violenta o pacíficamente, para, primero, negar la legitimidad de los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial establecidos; segundo, provocar el deterioro de la seguridad jurídica y física de los ciudadanos; y, tercero, esperar a que el caos resultante te entregue el poder en bandeja sin necesidad de pegar un solo tiro.

¿Les suena, verdad? Por ahí andan Podemos, el nacionalismo catalán y vasco, Otegi, Ada Colau, La Sexta y hasta el PSOE en sus días malos, que últimamente son todos.

Pues resulta que a eso, que lleva inventado casi un siglo, es lo que ahora llaman un golpe “posmoderno”. “Es posmoderno porque se ha llevado a cabo sin violencia” dicen los nuevos bárbaros, ciscándose a dos carrillos en veinte siglos de teoría del derecho, en otros tantos de filosofía política y hasta en el mismo concepto de violencia, que ellos asimilan a “violencia física” tras añadirle el adjetivo neutralizador por sus santos cojones.

Ahora va a resultar que Tejero fue un vanguardista. ¡A fin de cuentas, no mató a nadie! Luego les hablas de ‘democracia orgánica’ o de ‘mentiras piadosas’ cuando su pareja les mete unos cuernos de los de oreja, rabo y vuelta al ruedo, y bien rápido que pillan el truco lingüístico consistente en añadirle un adjetivo disolvente a un sustantivo rocoso para que este se acabe convirtiendo en humo. Tan tontos no serán. Al parecer, la inteligencia les va y les viene en función de si la posición de víctima la ocupan ellos o cualquier otro memo.

Lo de retorcer el recto significado de las palabras para que acaben significando lo contrario de lo que han significado toda la vida de Dios lo sabemos hacer todos. Deberían andarse con cuidado los que con tanta donosura analizan como “novedosos” fenómenos tan viejos como el populismo para que no les pille tan en bragas como les pilló a los intelectuales europeos de los años 30 del siglo pasado. A ellos también, como a la rana de la fábula, les fueron calentado el agua de la olla poco a poco hasta que acabaron cocidos en su propia ceguera.

“Veis esvásticas donde sólo hay lazos amarillos” dicen. ¡Pero si los lazos amarillos son sólo un MacGuffin, hombre! A nadie con dos dedos de frente le importan un pimiento. El peligro no anida en esos trozos de plástico amarillo. Anida en el “España es Turquía”. En el “no se ataca al Estado con una frase”. En la identificación y la denuncia de ciudadanos por retirar lazos de las calles. En el abandono por parte del Gobierno de los catalanes no nacionalistas. En la mirada a lontananza cuando toca obligar a la Generalidad a cumplir las sentencias judiciales.

Eso, y no otra cosa, es la ruptura del contrato social.

Publicado originalmente en: ElEspañol.com
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