Vuelve la amenaza de las dos comunidades” dicen esos expertos catalanes que a renglón seguido le acarician el lomo cariñosamente a una de las dos comunidades, la nacionalista, repartiendo las responsabilidades del desastre catalán a pachas.

Es el habitual discurso curil del exquisito equidistante, ese que te sienta en sus rodillas y te suelta “algo habrás hecho para que el monseñor te toquetee, ¿eh, guarrillo?” mientras se relame las boqueras y te huele el pelo. Que muchos de esos expertos catalanes trabajen en el sistema educativo da una idea de en qué manos hemos dejado la educación de los niños catalanes.

En realidad, la sociedad catalana jamás ha sido una única comunidad. Que el independentismo insista en hablar de “nosotros los catalanes” cuando se refiere sólo a los nacionalistas, como explica Ferrer Molina aquí, no nos convierte en una unidad de destino en lo universal. A mí que no me incluyan en su Cataluña monocorde, monolingüe, monolítica, monotemática, monopolizadora, monótona y montserratina. Si quisiera vivir en una aldea del siglo XIX y ser fiscalizado por los ancianos del lugar me mudaría a la Utah mormona, donde al menos tienen paisajes épicos.

Tampoco nos convierte en una sola comunidad ni “tiende puentes” que el PSC proponga indultar a (presuntos) delincuentes antes incluso de ser condenados por los jueces. Como no sería tender puentes indultar a los aluniceros de la Europa del Este para hermanar a la comunidad de los cacos con la de los ciudadanos que se abstienen de atracar joyerías. Hemos llevado el fetichismo de la concordia hasta extremos tan pazguatos que estamos dispuestos a concordarnos hasta con el tipo que anda pisándonos la cabeza.

Conmigo, en definitiva, que no cuenten los Jordi Évole, Julia Otero, Pablo Iglesias o Ada Colau, apodada en Barcelona Adita la Fantástica desde que habla sin pruebas de agresiones sexuales por parte de la guardia civil, de intentos de violación hipotéticamente infravalorados por la policía y de supuestas novias italianas que, según se cuenta aquí, podrían ser en realidad de Murcia (que debe de vender menos entre el público independentista LGBT que una de Florencia, por lo visto).

Es revelador, por cierto, que los equidistantes de la matraca independentista sean exactamente los mismos que en su momento lloriquearon con la “injusticia” cometida con el “pobre” Rodrigo Lanza. Los que se hartaron de pedir la revisión de su caso tras la emisión por TV3 de un panfleto manipulador llamado Ciutat Morta. Mención aparte, en definitiva, para su pantagruélica capacidad de absorción de mercancía averiada. Quizá en lo más hondo de la Fosa de las Marianas se encuentre algún día el límite de sus tragaderas.

Los catalanes, en definitiva, no existen. Existen dos comunidades de catalanes. Una de ellas ha marginado, explotado, abusado y despreciado históricamente a la otra. También ha intentado aniquilar sus derechos civiles organizando un simulacro de votación amañada y tercermundista. También considera a vulgares (presuntos) delincuentes como sus legítimos líderes. Muchos de esos “líderes” se presentan ahora a las elecciones y prometen reincidir en sus (presuntos) delitos si son escogidos.

Si Miquel Iceta quiere volver a unir a los catalanes, sólo tiene que pedir que los responsables del procés den con sus huesos en la cárcel, que es donde deben estar aquellos que dan golpes de Estado y provocan enfrentamientos civiles. También sería recomendable que el independentismo dejara de utilizar a los hijos de esos presos como arma electoral. En primer lugar porque no dice mucho acerca de su categoría como seres humanos.

En segundo lugar porque a los primeros a los que no les han importado esos niños ha sido a sus propios padres. Esos padres a los que se avisó por activa y por pasiva, a través de amigos y de enemigos, una y otra vez, de las consecuencias de lo que estaban a punto de hacer. Y que aun así continuaron adelante con sus planes de segregación de la mitad de los catalanes. Importándoles muy poco no solamente los hijos de esos millones de catalanes que durante semanas temieron que pudiera pasar algo grave en Cataluña, sino también los suyos propios. ¿Ahora los utilizan como argumento lacrimógeno?

Y todavía queda gente en Cataluña que los sigue considerando referentes morales. Que Dios nos pille confesados si ganan las elecciones.

Publicado originalmente en ELESPANOL.COM
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