La voz y el rostro de los Hombres G ha publicado «Hoy me he levantado dando un salto mortal», un libro donde se intercalan anécdotas de la banda con reflexiones para sobrevivir al éxito y al fracaso

La casualidad quiso que David Summers (Madrid, 1964) encontrara su vocación entre las butacas de un cine. Estando de vacaciones en Torremolinos, su primo Curro le llevó con quince años a ver la película de los Sex Pistols, y salió de allí queriendo ser estrella. Hoy, 3.500 conciertos después, ha escrito un libro con «ideas para vivir la vida intensamente y llegar a lo más alto». Suena a autoayuda, a moralinas, pero reconoce que le da cierto pavor esa frase de la portada. «Yo no doy consejos nada más que a mis hijos, y no me hacen ni puto caso».

De niño era bueno en Literatura pero malo en Lengua.

Siempre me interesó la poesía. Cuando estaba en el colegio y había que leer textos de Aleixandre o Machado siempre flipaba con la belleza de las palabras. Me llamó la atención. Y siempre me ha gustado el arte en general: el cine, la pintura, la literatura… Siempre he tenido muy claro que lo mío eran las artes. Me gustaba lo emocional. Desde que era un adolescente escribo y dibujo.

Tenía sensibilidad pero le echaron del colegio.

No estudiaba. Me echaron cuando tenía 16 años. Era una época en la que… Pues cuando empecé a perseguir a las chicas (ríe) y dejé todo lo demás a un lado. Suspendí muchas en junio y me invitaron a que me fuera a otro.

¿Y en casa que les pareció?

Mi padre me decía: «Mira, acaba el colegio rápido. Intenta aprobar porque si apruebas avanzas. Y si avanzas acabas rápido, porque el colegio es un trámite que hay que pasar. Y luego vendrá la vida y vendrá lo que tú quieres hacer». Mi madre se cabreaba más, era la que me castigaba. Mi padre era más suavito con todo eso.

Era el poli bueno.

Sí, sí. Eso es.

Con 17 le cambian de colegio y con 19 casi no pude ni salir a la calle.

Fue muy casual. Un día, cuando tenía 15 años, estaba veraneando en Torremolinos, pasando unos días en casa de mis abuelos. Y mi primo Curro, que murió hace un par de años el pobre, me llevó al cine a ver la película de los Sex Pistols, «God save the queen». Vi esa película y salí del cine diciendo: «Yo quiero ser esto. Yo quiero ser los Sex Pistols». Ese mes de septiembre llegué a Madrid y empecé a buscarme la vida para montar un grupo. La música ya me enloquecía.

La conversación es en un camerino del Hard Rock Café de Madrid, al inicio del Paseo de la Castellana. Este es un bar donde los fetiches de las estrellas de la música se cuelan hasta la cocina, literalmente. La habitación está varios metros bajo tierra, cerca de los fogones y al final de un pasillo largo lleno de tuberías. Es como la sala de espera de una clínica privada: pequeña y de paredes blancas.

¿Cómo llevó su familia el estallido de los Hombres G?

Mi padre flipaba muchísimo. Toda mi familia flipaba muchísimo. Se lo tomaron como una anécdota divertida, aunque debo decir que yo era el aguafiestas de la familia. Conmigo no se podía ir al pueblo, conmigo no se podía ir a El Corte Inglés, conmigo no se podía ir al cine ni a ningún sitio. Tuvieron que adaptar su vida a mí y lo llevaron con el mejor humor posible.

¿Y por qué tocar el bajo y la no la guitarra, que quizá es más vistoso?

Te voy a decir la verdad: yo cantaba en el grupo y había un bajista. Pero el bajo era un bien común, lo habíamos comprado entre todos. El caso es que el bajista se echó una novia y se fue del grupo. El bajo se quedó ahí. Y como yo era el cantante y tenía las manos vacías cogí el bajo. Y así empecé. Pensé que sería como la guitarra o más fácil. «Solo es una cuerda», pensaba. Pero años después descubrí que tocar el bajo era mucho más difícil.

La voz de los Hombres G tiene el rostro cansado pero los ojos vivos, como cobrándose el peaje de una noche larga. O de un madrugón. En agosto de 1986, él y sus amigos dieron 28 conciertos con sus respectivas juergas. «Teníamos energía para todo», comenta. Ahora, en vez de saltar hacia la barra con el último acorde, se encierra en el baño buscando paz. «Me siento allí diez minutos. Solo. Sin querer saber nada de nadie. Pienso en el show hecho, en cómo me duele la espalda», ha escrito en «Hoy me he levantado dando un salto mortal» (Alienta), un libro en el que explica cómo es gestionar el talento, el ego (y el dinero) de una banda que pasó de cero a cien en año y medio.

¿Cuántas veces cambiaron sus padres el número de teléfono?

Mi padre cambió el teléfono varias veces, dos o tres veces. Lo cambiaba y a las dos o tres semanas volvía a sonar. No sé cómo lo conseguían, porque no venía en la guía ni nada. Llegó un momento en el que mi padre dijo: «Vamos a poner otra línea y este le dejamos que suene». Teníamos un teléfono encerrado en una habitación sonando y luego el otro. Era demencial.

Escribe en el libro que tener tantas fans les ha traído malas críticas.

Aquí tener fans está mal visto. Que digan que eres «un grupo de fans» es una cosa terrible. Pero piensas: «Estos son gilipollas». Todos los grandes artistas han tenido fans y fanatismo. Porque cuando tú tienes fans es que has conseguido con tu música no ya emocionar, sino dar una vuelta más: hacer que una persona pierda la cabeza por tu música, y eso no es nada fácil. Todos los artistas sueñan con tener fans y éxito. ¿Cómo no vas a querer tener fans? Todos los que hacemos esto lo hacemos para que llegue a la mayor cantidad de gente y haya un reconocimiento. Eso es lo normal. Lo que no es normal es pensar que por tener fans eres peor artista. Nosotros nunca fuimos Los Pecos, nosotros nunca fuimos Pedro Marín. Nosotros no fuimos un producto creado para gustar a las niñas. Nosotros éramos un grupo que ensayábamos en un local, que hacíamos nuestras propias canciones, que salíamos de gira, que tocamos en directo siempre… Nunca hemos sido un producto para fans.

Una vez dijo que les «echaron» de La Movida por ser mediáticos y heterosexuales.

Puede que se sacara de contexto, porque nunca he sido homófobo. Pero sí es verdad que como nosotros no éramos ni gays, ni de peinados ni de crucifijos en las orejas pues cuando hablan de La Movida nos obvian porque no éramos de esa parte de La Movida. Porque La Movida tenía dos partes: esa y luego la de grupos como Nacha Pop, Los Secretos… Estaban ellos y luego los techno de los pelos de colores, que esa es la parte que ha trascendido.

¿A usted se le ha acercado alguna vez un chico y le ha dicho: «David, yo era fan vuestro pero no me atrevía a decirlo»?

Sí. «Yo te defendía», te dicen (ríe). Ahora salen muchos del armario. «A mí me habéis gustado toda la vida pero no podía decirlo». Prefiero guardarme la opinión sobre los que dicen esas cosas. Siempre ha habido mucho complejo tonto, muchos prejuicios.

Hoy una letra como la de «Devuélveme a mi chica» generaría controversia. ¿Somos menos libres ahora que antes?

Somos menos libres y somos más idiotas. Todo eso ha ocurrido. El tema de la corrección politica y de las redes sociales alimentando esa corrección. Eso de que ahora todo el mundo pueda opinar y decir lo que quiera cuando quiera no es libertad. Eso hace que nosotros mismos nos autocensuremos. Yo no sé si hoy hubiera escrito canciones como las que escribí hace 30 años. Pensaría: «Esto no lo puedo escribir porque se me van a echar encima estos o los otros». En aquel momento decía lo que me daba la gana. Pero todo el mundo, no solo yo.

¿Nunca una mala crítica le ha mandado triste a la cama?

No, porque yo no leo nada de las críticas. De verdad te lo digo. Eso lo aprendí de Mick Jagger. Leí en los años 80 una entrevista suya en la que decía: «Hace muchos años que no leo nada bueno ni malo de lo que digan sobre mí. Y me va mucho mejor». Y comprendí que era muy inteligente.

Para mantener la forma, David Summers practica boxeo unas tres veces por semana en el gimnasio del campeón de España del peso ligero Cristian Morales. Hace días que no va por una molestia en el pie –un dedo roto o algo así– pero volverá. El boxeo le permite quitarse años y aguantar su agenda, porque tiene dos mellizos que aún le dan tarea. Daniel y Lucía tienen 17 años. Él toca, escucha y compone: quiere ser como papá. Ella es más introvertida y se lo está pensando.

¿Cómo surge trabajar con Taburete?

Son muy buenos. Yo te confieso que cuando me propusieron hacer la gira con ellos había oído una canción o así en la radio. No me habían llamado la atención, de verdad. Había oído del grupo por el tema de padre de Willy (Luis Bárcenas). Pero no había escuchado en profundidad porque además es una música que no se parece mucho a la nuestra. Pero luego les conocí: los chavales son acojonantes, son unos chicos fantásticos. Gente sencilla, normal, divertida, educada. Willy es un tío acojonante. Sobre todo viendo cómo trata a mi hijo, que lo trata como si fuera de su familia. Y eso lo aprecio muchísimo. Al escuchar sus canciones me di cuenta de por qué tenían éxito: porque escriben letras que hablan de su entorno más cercano, más íntimo. Eso es lo que hay que hacer, eso es lo que hacía yo al principio. Aun a riesgo de que no te entiendan.

¿Quién llama a quién?

Ellos fueron. Ellos son muy fans nuestros y decían en todas las entrevistas que su modelo de trabajo y su rollo era ser como los Hombres G. Un grupo que está ahí después de 30 años, haciendo buenas canciones… Ellos decían: «Nosotros queremos ser así». Y un día nos llamaron y nos dijeron que sería un honor hacer una gira juntos. Y nos conocimos y nos hicimos super amiguetes. Son unos cachondos y unos hijos de puta. Se cogen unos pedos que nos sabes y nos lo pasamos genial.

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