El periodista relata en su último libro el desarrollo del órdago secesionista en Cataluña, que califica como una «revolución posmoderna»

Foto: Archivo

En Cataluña no sólo hubo una declaración unilateral de independencia, sino una revolución, con todas las letras. Así lo defiende el columnista de esta casa Ignacio Camacho (Sevilla, 1957) en«Cataluña, la herida de España», su último libro. A forma de dietario, en el que se incluye una selección de sus artículos en ABC, el periodista repasa el avance del «procés» hasta que la ley, en forma de artículo 155, regresó a Cataluña.

–¿Esperaba este desenlace?

–Si hay algo que no se le puede reprochar al independentismo es que no haya cumplido todo lo que avanzó, amenazó o prometió. El pensamiento ilusorio de que se iba a detener el «procés», fracasó. Cumplieron todos los pasos, hasta la declaración de independencia. Al final fue más un desahogo que otra cosa, pero la hicieron.

–¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

–Esto es la consecuencia de un proceso de décadas en el que se suma la tarea paciente del nacionalismo, la construcción progresiva de estructuras de Estado y las políticas de apaciguamiento de diferentes gobiernos entregando cada vez más competencias a Cataluña. A la vez, ignoraban la acumulación de indicios que generaban lo que la historiografía llama condiciones objetivas para la revolución.

–¿Por qué es una revolución?

–Yo la llamo revolución posmoderna. En ella se unen el nacionalismo y el populismo con las técnicas de agitación moderna organizadas a través de redes sociales, Whatsapp o las plataformas cibernéticas. Es decir, tecnología de la información al servicio de la revolución. Esta es una de las razones por las que el Gobierno no percibe alcance del movimiento y después responde de manera analógica aunque se enfrente a una revolución digital. El gobierno ha actuado tarde en Cataluña.

–¿Hay algo positivo de todo esto?

–El despertar de una conciencia patriótica española constitucionalista; la España de las banderas que hasta ahora solo salía cuando iba bien la selección. De hecho le dedico un capítulo en el que hablo del despertar de una conciencia de patriotismo moderno desacomplejado que durante mucho tiempo había estado dormido y que empieza también en la izquierda, porque las banderas aparecen en feudos socialistas de España, no sólo en barrios de mayoría conservadora.

–¿Qué es lo peor del «procés»?

–Lo negativo es todo. Primero se quiebra la convivencia en Cataluña y luego en toda España. España es una nación cosida con hilos invisibles y muchos se han deshilachado. Cataluña, que es una comunidad muy plural, se ha visto abocada a un enfrentamiento interno: se ha intentado convertir a los catalanes en extranjeros en su propia tierra. Por último, también se ha producido el deterioro de España como país, no sólo en Cataluña. En el extranjero nos ven como un país con un problema de secesión, que es muy antipático y nadie quiere invertir en lugares donde hay problemas. Todo esto ha destrozado a la comunidad más próspera de España y van a tardar mucho tiempo en recuperarse, si pueden.

–¿Por qué hay una parte importante de la sociedad que cree ciegamente en el relato independentista?

–Es cierto que hay una parte significativa catalana que está completamente abducida por una patraña, quimera o bulo. Todo está basado en la divulgación de la creencia voluntaria de una gigantesca mentira. Esa mentira de que España nos roba, que sean nación histórica, que la Guerra de Sucesión fuera de secesión, lo del euro, las empresas… Todo es mentira. La revolución de las sonrisas no era más que la de las mentiras.

–¿Hay alguna solución?

–No atisbo soluciones. El libro no propone soluciones porque el autor no las ve. Habría dos soluciones pero las dos son poco viables: que ganaran constitucionalistas y emprendieran racionalización del autogobierno o que el Estado aprendiera a decir no. Me gusta mucho una frase de Javier Gomá, que dice que el nacionalismo tiene que aprender a gestionar su frustración.

–¿Qué tal ha actuado el Estado?

–El Estado dio el nivel cuando decidió dar el nivel. El artículo 155 se tenía que haber aprobado en septiembre, cuando el Parlament aprobó las leyes de desconexión. Una vez más el Estado también llegó tarde, pero cuando lo hizo demostró que era la vía efectiva y que no pasaba nada. El ejercicio de un golpe de autoridad democrática era la solución. Funcionó, pero tarde. El Estado y todos los partidos han llegado tarde.

—Por último. ¿Un capítulo del libro para recomendar?

—Es difícil, pero me quedo con el último texto, escrito el día después de la decisión de aplicar el artículo 155. En él insto a mantener las banderas como expresión de ese sentimiento positivo que ha salido de esta crisis. Aunque no sale el título en el libro se llama «No quitéis las banderas».

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