La escritora y periodista colombiana presenta «Amando a Pablo, odiando a Escobar», en el que relata su relación con el líder del cartel de Medellín, cómo trataba de ayudarlo, reconducir su vida, en definitiva, controlar al «potro indómito» que era. Incluso, cómo Escobar contrató a un etarra para que le enseñara a hacer bombas

Vallejo se convirtió en una pieza fundamental en la vida de Escobar. «Yo era su ancla», afirma. Trataba de ayudarlo y controlar la bestia que llevaba dentro. Pero cuando le dejó, él perdió la cabeza. Fue entonces cuando surgió el Escobar más sanguinario.

Virginia Vallejo se expresa como las grandes locutoras de radio y televisión. Realiza pausas grandilocuentes, busca la palabra precisa y culta para catalogar algo y aporta datos y hechos a sus acusaciones y vivencias. La escritora y periodista colombiana, nacida en El Valle del Cauca en 1949, es experta en corrupción, lavado de dinero, los cárteles de la droga y los narcogobiernos, pero también en describir relaciones sentimentales. Su libro, «Amando a Pablo, odiando a Escobar» (Península) es un buen ejemplo de ello. Desde Miami (EE UU), donde recibió asilo político en 2010, respondió a las preguntas de LA RAZÓN.

Pablo Escobar, el líder del cártel de Medellín y uno de los hombres más ricos y sanguinarios del planeta, se enamoró perdidamente de ella. Todo empezó cuando Escobar le salvó de morir ahogada en un río. En total, según confiesa la escritora, hasta en tres ocasiones le ha salvado la vida.

La periodista reconoce que era «bellísima, elegante, culta y refinada, de las mujeres más guapas de la alta sociedad colombiana, un aspecto que no era común en aquella época, por lo todos los solteros de oro del país iberoamericano me pretendían». A día de hoy, sigue siendo muy coqueta. «Pablo y yo nos conocimos cuando eramos jóvenes. Teníamos 32 años y éramos muy inocentes. Por cierto, Javier Bardem y Penélope Cruz, ¿cuántos años tienen? ¿Él, más de 50 y ella, 40?», expresa indignada en relación a «Loving Pablo, la nueva película de Fernando León de Aranoa, basada en esta relación de amor en la que los actores españoles son los protagonistas. Vallejo también detesta «Narcos», la serie de Netflix por la imagen altiva, similar a una «mala de telenovela» con la que se la representa. No aprueba cómo se la demoniza y se miente sobre hechos claves. «Se dan fechas inexactas, mientras que por ejemplo, a la mujer de Pablo se la representa como a una campesina, buena. El papel lo interpreta una actriz que podría ser modelo. Nada que ver con la realidad».

Con respecto a la relación que mantuvo con el «narco» afirma que «una cosa es la complicidad bella de una pareja de enamorados y otra, ser cómplice de crímenes». La periodista ha plasmado también en su libro el humor y las conversaciones que mantenía con el que fue su amante. «Con ese humor, tú vas a entender cómo era nuestra relación. Ese ‘‘ping pong’’ de nuestros diálogos, cómo nos entendíamos, lo que yo le aconsejaba, cómo trataba de ayudarlo, enderezarlo y cómo intentaba frenar a ese potro indómito que era Pablo Escobar. Pero al final tuvimos que romper la relación porque él quería que yo me quedara en Colombia para que escribiera su biografía. Pero yo lo que quería era irme».

Vallejo, que lleva el periodismo en la sangre, no puede dejar de preguntar por la independencia de Cataluña al tener enfrente a una reportera española. Es entonces cuando confiesa que un día Pablo le contó que había contratado a un etarra para que le enseñara a fabricar bombas. «Cuando me cuenta esto decido terminar la relación. Yo lo dejo en septiembre y en enero ya empieza el estallido de bombas, a derribar aviones y a aumentar la violencia y los horrores que se describen en las series y que nada tienen que ver conmigo», insiste. «Cuando le dejé se volvió loco. Pablo solo tenía contacto con esos monstruosos sicarios y con esa familia elemental. Le trataban como a un dios, porque al final todos vivían de él. Entonces, salvo a esas personas, solamente me tenía a mí. Cuando pierde su ancla, que soy yo, se vuelve loco y comienza a estallar las bombas que le enseñó a fabricar un terrorista».

Persecución

Vallejo resalta la importancia de su libro y también la persecución que su publicación le ha producido. «Lo que yo escribí está escalando y se ha multiplicado infinitamente en 30 años. Lo que relato era apenas el comienzo. Lo de ahora se extiende al mundo entero y ha dañado la vida de tres generaciones de drogadictos. De todas maneras, si Pablo no lo hubiera inventado, lo habría hecho cualquier otro. Las drogas han existido y existirán siempre. Eso no se va a acabar. La humanidad tiene tendencia a los vicios. Si Pablo no hubiera inventado el narcotráfico como una gran industria, lo hubiera hecho tarde o temprano otra persona. Lo grave es cómo eso ha entrado en todos los gobiernos. Al principio era únicamente en Latinoamérica y ahora es en todo el mundo. Y como resultado de esa prohibición se han llenado los bolsillos hasta los medios de comunicación».

La única solución que propone la colombiana es que se tomen medidas similares a las adoptadas en los Países Bajos. «El Gobierno regala las jeringuillas a los drogadictos para que no se contagien el sida y facilita lugares donde la gente puede tomar drogas si quiere. Es mucho más costoso combatir el narcotráfico que la propia droga. Perseguir a los cárteles y el lavado de activos deja tantos muertos y tanta gente encarcelada… El 25% de las cárceles de EE UU están llenas de presos por pequeños delitos relacionados con la droga, por posesión de menos de 5 kg, en cambio los cárteles están libres, felices y sentándose junto a presidentes de Gobierno». «Gracias a Dios no tuve hijos, porque si los hubiera tenido sufriría mucho pensando en su futuro», reconoce Vallejo, quien se muestra muy preocupada también por el calentamiento global: «Todo va a estar bajo el agua».

Además, recuerda con pasión cómo pidió a sus jefes de «Caracol» que la enviaran a la boda de Lady Di con el príncipe Carlos de Inglaterra, algo que al principio no veían: «Fui la única periodista colombiana en Londres que asistió a la boda del siglo XX». Entonces le surgieron un montón de oportunidades profesionales.

Llama la atención que Vallejo no se casa con nadie. Es capaz de reconocer que «Estados Unidos me salvó la vida», pero a la vez critica al presidente Donald Trump por algunas de sus decisiones políticas, «controvertidas y muy injustas» y la gran trama de corrupción que está destapando el fiscal especial Mueller. Salió de Colombia «por razones de seguridad» en 2006 y aún le quedan muchos enemigos allí por lo que ha publicado abiertamente y por su colaboración con la DEA.

«He testificado en casos muy graves de Colombia y no me callo nada». Testificó en el caso de la toma del Palacio de Justicia donde los militares fueron condenados a penas de entre 20 y 30 años. «Testifiqué contra Alberto Santofimio en el caso del asesinato a Galán por el que fue condenado a penas de 23 años de cárcel». También ha tenido que defenderse ante el Departamento de Estado para justificar las amenazas del Gobierno colombiano, los medios propiedad del Gobierno y del Ejército, los paramilitares… para que le dieran asilo político. «Tengo 800 folios que lo atestiguan». A Vallejo la trataron de matar en 2009, «no sé si fue Juan Manuel Santos, no sé si fue Álvaro Uribe o los dos. Sobreviví al atentado, quedé herida, pero gracias a Dios no me hirieron en la cara. Estuve tres meses hospitalizada y cuando por fin conseguí levantarme, pude testificar contra ellos». En la actualidad, la periodista ha tenido que informar de bastantes amenazas al FBI. «Cuando me dieron asilo todas esas amenazas tenían nombre propio: Felipe López Caballero de ‘‘Semana’’, Alejandro López de ‘‘Semana’’, los dueños de ‘‘Caracol FM’’, el presidente Álvaro Uribe, el ministro Vargas LLeras… El FBI tiene esta lista y si me pasara algo sabría quiénes son mis enemigos. Por lo que no tendrán el nervio de tratar de matarme otra vez los señores del Gobierno colombiano. No lo creo porque vivo en Estados Unidos. Por ese motivo no salgo del país». Está claro que Vallejo ni quiere ni puede regresar a Colombia.

Publicado originalmente en LaRazón.es

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