Tras tantos años de demonización de las primarias, la cifra de afiliados inscritos puede resultar ridícula pero no rara

Después de años demonizando las primarias como un invento estrafalario de partidos sin liderazgos claros, al PP le ha tocado el trago de organizarlas. A toda prisa, sin costumbre y sin ganas, con un censo mal actualizado y forzando sobre la marcha una maquinaria electoral que a todas luces no estaba engrasada. El mecanismo establecido, con registro previo, pone demasiadas trabas a unos afiliados faltos de práctica, y la decisión final la toma un congreso de compromisarios que puede enmendar el criterio de la militancia. En general, todo el proceso revela una profunda autodesconfianza, de modo que la bajísima participación -poco más del siete por ciento de inscritos- puede resultar ridícula pero no rara. En realidad, que en esas condiciones se hayan apuntado 65.000 miembros casi se puede considerar una hazaña.

Pero si no se amplía el plazo o se elimina el requisito de alistamiento, el futuro líder saldrá elegido con un déficit de legitimidad manifiesto. Un partido que ha reunido en España mayoría social, y aspira a volver a hacerlo, no puede correr ese riesgo ni permitirse un gatillazo democrático en este momento, cuando el trauma del desalojo del poder lo ha sumido en un intenso bloqueo. Para reanimar a sus desalentados votantes necesita primero medirse a sí mismo en un reto vivo, dinámico, abierto: demostrar a sus sectores de apoyo que no se ha quedado sin reflejos. Las primarias no son un mal método; estimulan la competencia, tonifican el debate interno y abren espacios de protagonismo en la opinión pública y en los medios. Sólo que hay que creer en ellas, tomarlas en serio y no planteárselas como un incordio cargante ni como un trámite molesto. Todavía tienen los populares tiempo, aunque no mucho, de evitar el esperpento.

Los candidatos con menos expectativas piensan que la anémica implicación de las bases es, en realidad, producto de la voluntad soterrada del aparato. Sin embargo a ninguno de los aspirantes puede beneficiarle un fiasco. Un vencedor respaldado por unos pocos de miles de votos arrancará su difícil tarea con un paso en falso, y la propia marca quedará en solfa después de haber presumido de una implantación capilar y multitudinaria, de un arrollador despliegue orgánico. Pero sobre todo, la sociedad y su electorado recibirán el devastador mensaje de que la derecha no sabe estructurarse sin la técnica autoritaria del dedazo.

Es verdad que nada de esto estaba previsto. El derribo y la marcha precipitada de Rajoy pilló a los suyos de improviso, obligándolos a involucrarse en una experiencia en la que nunca han creído, que consideran ajena a su cultura y a su estilo. Pero ya no hay vuelta atrás: están en mitad del río y si no quieren ahogarse más les vale nadar con ímpetu. En democracia, sin votos no hay capital político. Y nadie puede reclamar la confianza de un país sin contar con la de su propio partido.

Publicado originalmente en: ABC.es
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