La virtud es exigible para unos y para otros ya veremos, que tenemos que ceder cosillas a nuestros socios malandrines

Cioran a quienes le reprochaban su incoherencia les contestaba que nunca había pretendido ser coherente. Carmen Calvo podría citar al rumano pero ella es más de Hanna Barbera y sus malditos roedores. Después de que Torra prometiera atacar al Estado, la vicepresidenta dijo que la frase es «absolutamente inaceptable, pero con una frase no se ataca al Estado». Parole, parole, cantaría Mina. Así que ni 155 ni otras medidas si no hay motivo. Hasta que llegue con una alfaca como el de la comisaría de Cornellá (tras el grito de «Alá es grande», le pegaron unos tiros al energúmeno). Claro que él tenía frase y, además, cuchillo. Ese desprecio por una frase, y aquí viene la incoherencia, contrasta con su preocupación por el lenguaje tontusivo. Menos mal que la Real Academia recuerda que «no están generalizadas entre los hablantes cultos las propuestas del llamado lenguaje inclusivo». Alguno saldrá con Evelyn Waugh afeando a su amiga Nancy Mitford que en el fondo lo del lenguaje adecuado (U o no U, de la clase alta o no) se utilizaba para identificar a los NLO (not like one, que no son como uno). Y que eso no eran más que prejuicios y creerse superior. Vale. ¿Superior a Carmen Calvo?

Una vez que Cioran intervino en una universidad americana empezó diciendo que no era más que un bromista. Calvo se toma en serio. Y el Gobierno cuando clasifica como secreta la información sobre el viaje en avión al FIB. Me recuerda a ese «Españoles por el mundo» en Alaska de una señora sevillana casada con un militar estadounidense que había trabajado con documentos clasificados. Lo explicaba y se paró: «No sé cómo se dice top secret en español». Y su mujer apuntaba «cosas mu secretas». Cómo me habría gustado oír a Calvo esa frase. Tengo un amigo al que un chamán mexicano enseñó a no tener vergüenza. Lo ponía a hacer ridiculeces en la calle Preciados de Madrid. Este nuestro Gobierno no necesita chamanes. Son autodidactas en el cuajo. Me dan mucha envidia.

En 2019, se va a volver a celebrar en el pequeño pueblo francés de Salency, después de 30 años, la Fiesta de la Rosière. Se trata de coronar a una joven por su virtud. Por supuesto, la virginidad es uno de los criterios de selección. «La virtud, la piedad y la modestia, pero también la virginidad», según «Le Parisien». La fiesta nació en el siglo V y hasta 1987 una chica de entre 16 y 20 años era elegida por su «conducta irreprochable». Se protesta mucho, claro, por esta antigualla. ¿Pero no es virtud lo que se exige a Casado con la matraca del máster? La ejemplaridad. Todas esas zarandajas que para unos son exigibles y para otros pues ya veremos, que ahora me voy a ver a The Killers o a ceder cosillas a mis socios malandrines.

Como escribe Nicola Chiaromonte («La paradoja de la historia», Acantilado) en esta época de mala fe estamos obligados a aceptar todo lo que sea conveniente en términos de utilidad. La nuestra es la época de las mentiras útiles, como las llamaría Rumelles, el diplomático de «Los Thibault», de Roger Martin du Gard. «Ficciones creadas y aceptadas conscientemente, que reemplazan a las verdades, no sólo porque son convenientes, manejables y universalmente empleadas sino porque no existen verdades que den siquiera una apariencia de unidad y significado al mundo en que vivimos». Y lo mismo da el Gobierno, lo de Asia Argento pagando para ocultar una acusación de abuso sexual (a las víctimas también se les exige virtud) o la declaración/no declaración de Roca Rey a Victoria Marichalar. Si fuera cualquiera de ellos estaría muerta de vergüenza.

Publicado originalmente en: ABC.es
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